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EL CARISMA DEL FUNDADOR DE LA ERMITA

Por Rev. P. Oscar F. Castañeda

Hablaba poco de si mismo, a no ser que se le preguntara.  Le gustaba, sin embargo, recordar algunas anécdotas sobre la vida campesina de su niñez.   No se atribuía ninguna de sus obras, hablaba en términos generales para evitar sobresalir, ni resaltar su nombre ni sus méritos. Por él, nadie se hubiera enterado de que era el primer sacerdote cubano que fue ordenado Obispo en los Estados Unidos. [more]

  Cuando pintaron todos los edificios de la Ermita por dentro y por fuera y se reorganizaron las cosas, fueron apareciendo por decenas trofeos, placas, diplomas de reconocimiento, regalos, etc. que estaban guardados.  Todo lo agradeció y aceptó con profunda humildad, pero era indiferente a los honores personales, pues había comprendido que nuestros años se acaban como un suspiro (Salmo 90, 9) y que no era necesario apegarse a nada.  Sin él saberlo, se colocaron las condecoraciones en el salón de conferencias y lo llevaron allí para darle la sorpresa. En su habitación no había nada en particular,  excepto un crucifijo y una placa de madera con un gran cuchillo sujeto a ella.  Era el recuerdo de su intervención en las prisiones de Oakdale y Atlanta en 1987. El hecho pasó a la historia de los Estados Unidos cuando el gobierno federal le solicitó su ayuda, porque los presos cubanos se habían rebelado y tomado muchos rehenes.  La situación era caótica y las autoridades querían evitar un derramamiento de sangre. El Padre Román había estado escribiendo a los presos y enviándoles cursos bíblicos por correo, además de que los había visitado y conocía muchas de las familias. El Señor que estaba con él, manifestó su poder. Los presos entregaron las armas y soltaron a los rehenes cuando el Obispo les dirigió la palabra y rezó con ellos. Cuando pasó la crisis, poco se le oyó mencionar el hecho en público, no quería ser centro de atracción ni ser considerado un  héroe. La misión se había cumplido, y con eso bastaba.  

   El 17 de Septiembre de 1961, el gobierno comunista de Cuba expulsó a 131 sacerdotes.  Entre ellos estaba el Padre Agustín Román, en el barco Covadonga. “Nunca pensé abandonar mi patria, me expulsaron sólo por el hecho de ser sacerdote”, afirmó después. Aquel atropello nos recordó que en la historia de la Iglesia los cristianos,  a través de los siglos, han sido perseguidos y martirizados por la fe en Jesucristo.  Grandes Padres de la Iglesia también sufrieron el destierro, entre ellos San Atanasio y San Cirilo de Jerusalén, por defender la Verdad y no claudicar en los principios. Antes de montar a los expulsados en el Covadonga, los comunistas ya habían capturado a muchos laicos y sacerdotes.  Cerraron iglesias, conventos y todas las escuelas e instituciones católicas. Al Padre Román le causó gran dolor que  el  soldado que lo llevó preso había sido su alumno de catequesis en Matanzas. Sufrió la traición y la tortura cuando lo llevaron a un stadium lleno de gente donde gritaban consignas.  Allí lo empujaron y lo maltrataron, rompiéndole la sotana, y lo dejaron en camiseta.  Algunas mujeres bailaban y le gritaban palabrotas ofensivas. Después, en  la noche,  fue conducido con el Padre Rivas a un lugar apartado donde estaban fusilando.

  Los sentaron en el suelo y cada media hora venían para decirles que eran los próximos.  A distancia uno del otro se confesaron y se impartieron la absolución.   La tortura mental  duró hasta el amanecer, cuando los condujeron al barco que los llevaría a España. Iban  sin pasaporte, sin documentos, sin ropa, sin nada personal, sólo con lo que llevaban puesto.

  Monseñor Eduardo Boza Masvidal, Obispo Auxiliar de la Habana, era uno de los expulsados, y con él los sacerdotes comenzaron una reflexión que duró durante todo el viaje de muchos días. Así, “el viaje se convirtió en una especie de retiro espiritual.”  Dormían en el suelo de la bodega del barco y celebraban la Misa como en las catacumbas romanas.  Prefirieron rezar y no llorar, eran hombres de Dios. Meditaron juntos para descubrir los planes de Dios, que permitía todo aquello.  Dios los llevaba fuera de Cuba para anunciar el Evangelio en otras partes y denunciar el mal que se había apoderado de su patria.
  En el caso del P. Román, el Señor lo había sacado de la esclavitud para cumplir una misión en tierras extranjeras, porque la vida de los hombres y mujeres que lo entregan todo por Cristo, va guiada por la Providencia.  Ellos no se buscan a si mismos, sino que Dios mismo los busca a ellos. Trabajan por el Reino de Cristo, por la salvación de todos y la gracia los ayuda para elevarse por encima de los obstáculos, pruebas y sufrimientos.

  Desde la expulsión hasta  hoy, no han faltado en la Iglesia sacerdotes y líderes laicos que acompañan y sirven a los cubanos en la diáspora... “Mis ovejas se desperdigaron y vagaron sin rumbo...yo mismo en persona buscaré mis ovejas siguiendo su rastro” dice el libro del profeta Ezequiel 34,6 .11.  Dios le dio al exilio cubano un pastor a quien todos llegarían a  querer y respetar. El Padre Román llegó a Miami en 1966, procedente de Chile.  Sería el hombre que nos ayudaría a todos a perseverar en la fe de la Iglesia y en  la práctica de las virtudes.  Los cubanos le confiaron la custodia de la Virgen de la Caridad en el exilio y la construcción de la Ermita, y sabían que la transparencia e integridad de aquel humilde sacerdote brillaba como el sol.  El   justo  florecerá como las palmas, “Justum ut palma florebit” (Sal 91,13). Las palmas  se yerguen hacia el cielo y desde arriba florecen y derraman los frutos. Monseñor Román, cuya fe era inquebrantable, sabía elevar el espíritu hacia el Sumo Bien ( Sal 18, 8. 9).    Gozaba de tranquilidad y de paz .  Su carácter firme lo ayudaba para no estar triste ni frustrado en los momentos dificiles, más bien la vida de Cristo se manifestaba en él .  Por encima de los problemas, era capaz de ponerlo todo en manos de Dios,  confiando y creyendo que sólo del Senor nos viene el auxilio.  (Sal 121,2)   En sus últimos años aguardaba el encuentro definitivo con Dios con buen humor, y  decía, “cuando yo esté en el segundo piso...” refiriéndose al tiempo después de su muerte.

  En 1967, el Arzobispo Coleman Carroll lo nombro Capellán de la pequeña Ermita.  Este año ese cumple el 50 aniversario de la fundación, pero el Padre Román no se habría imaginado nunca que Dios lo pondría al frente de una gran obra. Su tiempo lo repartía entre la atención a los enfermos como capellán del Mercy Hospital, como asistente en la Parroquia de St. Kieran y director de la recién inciada Ermita de la Caridad. En las conversaciones se colocaba siempre al final de todos, sin pretensiones ni vanaglorias. Con frecuencia recordaba que los cubanos habían construido la Ermita donando una hora de trabajo en las tomateras, en las fábricas  y en los hoteles lavando platos y limpiando pisos… Pronto comenzaron a peregrinar por la capillita los miembros de los Municipios de Cuba en el Exilio.  La Ermita nacía del mismo Pueblo de Dios.  Allí abundó siempre un espíritu familiar, de cubanía, cooperacion y voluntariado.  Prácticamente todo lo realizó Monseñor con la ayuda de la Cofradía  de la Virgen de la Caridad, devotos de la Virgen que lo han considerado  como su Padre y Guía Espiritual. No dejó de predicar ni un sólo día, fue así como desde 1967 surgieron las catequesis que han continuado hasta el día de hoy. Nunca cobró un centavo por las clases ni las suspendió, a no ser  que hubiera un huracán. Cuando pasaba la tormenta,  aún sin electricidad se reunían en los pasillos de afuera y Monseñor celebraba la Misa con los alumnos en la Ermita, usando lamparitas portátiles, y todo continuaba como de costumbre.  Decía que a la Ermita llegaba un río de gente, multitudes en busca de Dios,  que no iban a otra parte y no se podía perder la oportunidad de darles el Evangelio y atender sus necesidades.  Pedía a los sacerdotes que trabajaban con él, que se turnaran para recibir a los fieles, mañana, tarde y noche. Quería llevarlos a todos a Jesús por María de la Caridad, y tener siempre a su disposición el Sacramento de la Penitencia facilitando a los peregrinos la confesión frecuente y la celebración de la Santa Misa como centro y raíz de la vida cristiana. La Ermita  se convirtió en lugar de oración y peregrinación, y el  Santuario construido en honor a la Patrona de Cuba  en 1973.  Es el símbolo de un pueblo que no perdió la fe. Lugar de unidad de  los cubanos exiliados que se alza hacia el cielo para alentar la esperanza de la libertad. Miles de personas de diferentes nacionalidades peregrinan al Santuario cada año.  Desde su Santuario del Cobre la Virgen irradió su amor a Miami y a toda la Iglesia.

  El Padre Román buscó desde el principio el consejo sabio y la orientación de Monsenor Eduardo Boza Masvidal, quien después del destierro fue a Venezuela. Fue así como se dio inicio a la Cofradía de la Virgen de la Caridad fuera de Cuba, que siguiendo unos reglamentos sencillos invitaba a todos, desde los 15 años en adelante, a consagrar la vida a  la Virgen María. Hacia el año 2010, Monseñor nos dijo que había más de 50,000 cofrades.  Sabía que todos los que se acercaran a la Reina llegarían a conocer al Rey, el Salvador del mundo. La Cofradía trabajó a su lado con el mismo celo apostólico que lo caracterizaba.  La Cruzada del Rosario fue una forma de extender la caridad hacia los alejados. Muchas familias fueron evangelizadas en sus hogares. Los cofrades se organizaron bajo su guía para ir también a las fábricas que abundaban en aquel tiempo e invitar a rezar el rosario en el parqueo durante la media hora del lunch.

  Todo en la vida de Monseñor Agustín Román indicaba su opción por la pobreza evangélica. Su casa, su cuarto, sus posesiones personales, su manera de vestir, su manera de pensar y de actuar.  Vivía dignamente,  habiendo escogido tener sólo lo necesario . Su caridad con los pobres reflejaba  el espíritu del mismo Cristo, que vino a servir y no a ser servido. Practicaba lo que predicaba  y deseaba todo cuanto  contribuía a la gloria de Dios.  No habría sido necesario que hablara, predicaba con el ejemplo, vivía en la Verdad y la Verdad resplandece por si misma.  No dejó de celebrar la Misa ni un solo día a no ser que estuviera ingresado, aún así, cuando mejoraba  pedía le trajeran todo lo necesario y celebraba sentado en el  cuarto del hospital. El día de su muerte celebró por última vez en Radio Paz y grabó tres programas radiales, que concluyó con el tema de la Divina Misericordia.

  Sirvió a la Iglesia en Miami bajo tres Arzobispos. Como fiel y prudente colaborador de ellos, apoyó y trabajó mucho con el Apostolado Hispano, proclamando la Palabra de Dios con fuerza y total fidelidad a la Iglesia. En la Pastoral era práctico, y buscaba siempre el bien de los fieles. Explicaba la doctrina con palabras y ejemplos sencillos que todos podían entender, pero sin comprometer los principios en lo más mínimo. Sentía la urgencia de continuar la obra de Cristo Redentor, presentando a la Virgen como modelo de vida cristiana.  Decía que la Biblia era el libro de la Virgen, y que por estar tan unida a su Hijo y  tenerla nosotros como Madre e intercesora, se nos facilitaba la gracia de parecernos a Él.  Hacía grandes esfuerzos para inscribir y consagrar cada día nuevos cofrades a la Virgen, bajo el lema “ A Jesús por María”.

  Su visión amplia y generosa de la Iglesia y su corazón compasivo, lo llevaban a estar siempre al lado del que más sufre. Escuchaba a todos, pasaba horas atendiendo a los peregrinos para orientarlos y guiarlos.  A todos daba la bienvenida en el Santuario con palabras de fe, esperanza y caridad. En algunas ocasiones, cuando ya todo estaba cerrado y el almuerzo esperando, si llegaba alguien con una urgencia, para él todo se detenía y atendía a la persona aunque fuera brevemente. Nadie se marchó sin su palabra, sin su  perdón o su bendición. Fue un auténtico Pastor y verdadero servidor, que conocía a sus ovejas.  Distinguido por la caridad y solicitud hacia todos, ejerció la autoridad de enseñar y guiar el rebaño para que los fieles vivieran y actuaran en comunión de caridad.  (Christus Dominus 16.)  Bajo su autoridad se administraron cuidadosamente los bienes materiales de la Ermita.  Estaba consciente de que detrás de cada centavo, detrás de cada donación y ofrenda, había una persona, una súplica, un sacrificio, una intención personal. “Pastoreó a su pueblo con corazón íntegro y los guió con mano inteligente” (Salmo 78,72).

  Monseñor Román sufría calladamente por sus fieles. Se sabe en particular de la oposición que existió al principio, de los que no estaban de acuerdo con la construcción de la Ermita,  porque creían que la libertad de Cuba se daría pronto. Por otra parte, estaban los que opinaban que el Santuario iba a rivalizar con las parroquias de la diócesis.

 Años después, cuando el Papa lo nombró Obispo auxiliar de Miami, surgió la incomprensión y crítica de algunos, que pensaban que el Padre Román no merecía tal honor, porque después de todo, no era más que un simple sacerdote  salido de los campos de Matanzas. Aquellas personas lo conocían superficialmente, veían sólo su apariencia, más bien austera, pero desconocían su persona y  su inteligencia, y  mucho menos conocían su santidad.  Como lema episcopal escogió la frase de San Pablo  “Ay de mí si no evangelizo”.  Aquello  lo llevó a predicar intensamente con un entusiasmo sobrenatural. 

  Proclamaba el Evangelio sin distinciones a los de cerca y a los de lejos. La palabra 'desánimo' no estaba en su diccionario. La vida de la Virgen como primera discípula era su gran inspiración, y no menos el ejemplo misionero de San Antonio María Claret, Arzobispo de Santiago de Cuba. El Padre Román no parecía cansarse, le preocupaban los católicos dormidos.  Trabajó para que todos conocieran y amaran a Cristo  abrazando la fe de la Iglesia. Tenía por armas  la oración personal,  la  celebración  Eucarística y la devoción mariana. Su dedicación, su entrega, su celo apostólico y su amor a la Iglesia  fueron insuperables.

  Monseñor Román tuvo una postura clara y definida contra el comunismo. Conocía el dolor del pueblo cubano que perdió la libertad. No quiso regresar a Cuba hasta que desapareciera el sistema totalitario,  opresor  y ateo que  se apoderó de la Patria por la que cada día rezó y sufrió. Hizo todo lo posible para que en la Ermita se preservara la memoria histórica del pueblo cubano.

  Las palabras del Apóstol San Pablo “Ninguno de nosotros vive para si mismo y ninguno muere para si mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor , si morimos, morimos para el Señor, en la vida y en la muerte somos del Señor”, ( Rom 14, 7-9 ), fueron  como  el  resumen de toda su vida, que  dedicó completamente al Señor.  Vivía para Cristo y para la Iglesia, y tambien murió para el Señor, como el soldado que valerosamente lo entrega todo en el frente de batalla. La tarde del  Miércoles de Pascua de Resurrección , el 11 de Abril del 2012, cerraba sus ojos en este mundo a las puertas del Jubileo de los 400 años de Nuestra Señora de la Caridad.

  Completaba así la Novena de años de preparación  organizada por él mismo en la Ermita. La Virgen se lo llevaba para que festejara en el cielo lo que había creído y predicado en la Tierra.  Había encendido el fuego de la devoción mariana en la Iglesia de Miami. Al momento de su partida estaba dentro de su automóvil, con la Biblia a su lado y listo para enseñar  la Catequesis en inglés. Fue catequista por excelencia, y la Catequesis era su gran pasión. Desde la juventud se las había ingeniado para catequizar a los muchachos de la calle, los limpiabotas entre ellos.  Después de la ordenación, su celo apostólico se acrecentó.  Iba de la parroquia a los campos  en motocicleta para buscar a los más necesitados, y fue así como sufrió un accidente en el que perdió parte de sus dientes.

  Predicaba incansablemente, oraba, escribía, confesaba, daba clases, retiros y celebraba los Sacramentos.  Podría decirse que fue como el Claret de este siglo.  Pidió muchas veces que le tradujeran sus escritos al inglés, y decía que era lo que más le costaba.  Pero  nada lo detenía por el bien de la Iglesia.

  Aquel 11 de Abril, hace cinco años, se marchó con la misma sencillez franciscana que practicó. Como San Francisco en  el día de su muerte, también a Monseñor Román lo colocaron en la tierra, que como una madre lo abrazaba en la hora final. El que tantas veces había suplicado a la Virgen... “ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte”…, le llegaba su gran Hora, el fin de sus sufrimientos. Se haría una gran fiesta en el cielo porque entraba un hijo predilecto de María para recibir la corona gloriosa que no se marchita.

  El Pueblo de Dios vive agradecido al fundador de la Ermita .  Todos los que lo conocimos  y  le amamos como a un Padre,  jamás lo olvidaremos. Guardaremos sus palabras y sus consejos con el ánimo de imitar su ejemplo.  Algún día saldremos al encuentro de Cristo y junto con Monseñor Román  podremos glorificar, alabar y adorar a nuestro Dios por toda la eternidad.
 
  Varias veces, después de rezar Vísperas, pidió que cuando  ya no estuviera lo recordáramos rezando este himno tomado de la Liturgia de las Horas:

Cuando la muerte sea vencida
y estemos libres en el reino,
cuando la nueva tierra nazca
en la gloria del nuevo cielo,
cuando tengamos la alegría
con un seguro entendimiento,
y el aire sea como una luz
para las almas y los cuerpos,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.

Cuando veamos cara a cara
 lo que hemos visto en un espejo,
y sepamos que la bondad
y la belleza están de acuerdo,
cuando al mirar lo que quisimos
lo veamos claro y perfecto,
y sepamos que ha de durar
sin pasión, sin aburrimiento,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.

Cuando vivamos en la plena
satisfacción de los deseos,
cuando el Rey nos ame y nos mire
para que nosotros le amemos,
y podamos hablar con él
sin palabras, cuando gocemos
de la compañía feliz
de los que aquí tuvimos lejos,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.

Cuando un suspiro de alegría
nos llene, sin cesar, el pecho,
entonces,  siempre, siempre,
seremos bien lo que seremos.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo
Gloria a Dios Hijo que es su Verbo,
Gloria al Espíritu divino,
Gloria en la tierra y en el cielo.  Amén.
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Madre de la Caridad
Ora Pro Nobis


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