Revista Ideal

Artículo

EN MEMORIA DE MONS. AGUSTIN ROMAN EN EL V ANIVERSARIO DE SU MUERTE

Dr. Salvador Larrúa-Guedes

Resumen de la vida de un Obispo que personificó la Caridad

El elevó tan alto la forma de ministerio de un Obispo, que la mayoría de nosotros no lo puede alcanzar. Mons. Robert L. Lynch, Obispo de St. Petersburg.
Monseñor es único. No era imitable. Pero sí era una inspiración que no podías tratar de imitar, porque te podías quemar. Él era genuino, yo no. Yo copiaba. Pero él florecía porque trabajar era su forma de florecer.
Testimonio del P. Carlos Rosas.


El Obispo Agustín Aleido Román nació en San Antonio de los Baños, provincia de La Habana, el 5 de mayo de 1928, en una familia católica presidida por sus padres Rosendo Román y Juana María Rodríguez, cubanos y católicos, y sus hijos Nivaldo, Iraida y Agustín, el mayor. Fue bautizado el 27 de mayo en la parroquia del pueblo, donde hizo la primera comunión a los diez años. No le gustaban mucho los juegos, prefería ayudar a su padre en las labores del campo, rezar el rosario o preparar diminutos altares para la Virgen de la Caridad, a quien veneraba desde sus primeros años. Cuando iba a la escuelita rural, donde cursó la primaria hasta el sexto grado, llevaba a sus hermanitos Nivaldo e Iraida, más pequeños. A los 15 años comenzó a cursar en San Antonio el séptimo y octavo grados. A diario recorría 60 kilómetros de su casa a la escuela, y antes se levantaba de madrugada con su padre para trabajar en el campo. Además, reunía a los muchachos vecinos para catequizarlos. [more]

  A esa edad ingresó en la Acción Católica y sintió la llamada de la vocación sacerdotal. El párroco de San Antonio fue un modelo para él, y de su grupo de Acción Católica surgieron cuatro sacerdotes en aquel pueblo pequeñito. A los 18 terminó los estudios y comenzó el bachillerato en el Instituto de La Habana, gran sacrificio por los largos viajes en ómnibus, sin dejar de atender la familia, colaborar con su padre y estudiar. Terminó el bachillerato, comenzó como profesor en el Colegio de La Salle en Marianao, La Habana, y participaba en la Acción Católica en San Antonio. Su vocación sacerdotal se precisó. En 1951, a los 23, fue con su amigo Romeo Rivas a visitar al Obispo de Matanzas, Mons. Alberto Martín Villaverde, y explicarle sus sentimientos:  los dos querían entrar en el Seminario y ser sacerdotes.   El Obispo los recibió con cariño y al terminar la conversación les dijo: quiero sacerdotes que no se sienten a esperar, sino que salgan a buscar las almas, y Román no olvidó nunca esas palabras. Comenzó a estudiar en el Seminario San Alberto Magno en Colón, Matanzas, y en 1952 un suceso muy importante marcó su vida cuando la imagen de la Virgen de la Caridad, Misionera y Peregrina, visitó a sus hijos recorriendo el territorio nacional en el Cincuentenario de la República y llegó a Colón el 25 de febrero. Mons. Román refirió después que el momento en que la Virgen hizo su entrada en el pueblo fue de emoción indescriptible. En 1955 fue al Seminario de los Padres Canadienses en Canadá, donde recibió una sólida preparación misionera.

  Culminados sus estudios, regresó a la Patria a fines de junio de 1959. Habían pasado muchas cosas. La Isla experimentaba profundos cambios con el nuevo gobierno implantado a partir del 1 de enero,  pero el día de su llegada sólo quería ver a su familia, muy emocionado por su ordenación sacerdotal  menos de una semana después, el 5 de julio de 1959, en la parroquia de San José de Colón, Matanzas, de manos del Obispo Alberto Martín Villaverde.

  Aquél momento de emoción infinita fue marcado por la Cruz de Cristo. La familia viajó en ómnibus de San Antonio a Colón para asistir a la ordenación. Regresaron con algunos amigos y cerca de San José de las Lajas ocurrió un accidente: el ómnibus quedó sin control y se precipitó por una pendiente hasta ser detenido por un árbol y se partió por la mitad. La madre, mal herida, se rompió las piernas y estuvo enyesada dos años, la hermana Iraida y el Padre Román quedaron heridos y golpeados, pero el nuevo sacerdote no se amedrentó. El Obispo lo había designado párroco de la Iglesia de Coliseo, donde celebró su primera Misa el 15 de agosto, y atendía además otros cinco templos. Colaboraba cn la Acción Católica como director espiritual de varios grupos. Una monja canadiense que conoció en el Seminario, la Hna. Beatriz Turcot, se enteró de que trabajaba en un extenso territorio, compró una moticicleta y  la envió a Colón, para que le fuera más fácil trasladarse. Un día la moto patinó, se rompió, y el Padre Román perdió todos los dientes delanteros, pasando varios días con grandes dolores y molestias. Otra vez lo marcó la Cruz.

  Los acontecimientos  se precipitaban. Aumentaban las fricciones entre la Iglesia y el estado, que se inclinaba cada día más al socialismo ateo. Román trabajó en los preparativos del Congreso Católico Nacional en 1959, y no tenía dudas sobre el carácter del régimen. El magisterio de los Obispos definió su posición ante  el gobierno despótico, y las Cartas Pastorales eran claras. La Circular Colectiva de los Obispos, el 7 de agosto de 1960 no dejó dudas: Condenamos al comunismo porque es una doctrina esencialmente materialista y atea… condenamos al comunismo porque es un sistema que niega brutalmente los más fundamentales derechos de las personas… porque establece en todas partes un régimen dictatorial en que un pequeño grupo se impone por el terror policial al resto de los ciudadanos… Por su parte, el P. Román no era hombre de callar lo que pensaba. No se había hecho sacerdote para el silencio cómplice, sino para la denuncia profética. Las acciones de Playa Girón y la proclamación del socialismo fueron unánimes con el cierre de los colegios católicos y la intención de destruir la Iglesia.

  El 8 de septiembre de 1961, en Pedro Betancourt, iba a repartir unos sacos de harina entre los pobres, cuando la policía política lo detuvo, rompió los sacos, esparció la harina, y lo llevaron preso al Castillo de San Severino, en Matanzas, donde estuvo tres días bajo golpes, ofensas y maltratos. Lo trasladaron el día 11 a la Ciudad Deportiva, preso con varios miles de cubanos, y el 14 de septiembre lo llevaron al buque Covadonga, sólo con la ropa puesta, sin pasaporte, equipaje ni documentos, y entre insultos y empujones le hicieron pedazos la sotana. Fue expulsado de Cuba con 131 sacerdotes entre los que se contaba el Obispo Eduardo Boza Masvidal.

  Desembarcó en España indocumentado, y pudo hacer contacto con su Seminario del Canadá, donde lo ayudaron y encaminaron a la diócesis de Temuco,  Chile, donde trabajó de 1962 a 1966 en una región helada de la Patagonia como misionero de los indios araucanos, profesor y director espiritual del Instituto de Humanidades de la Diócesis a cargo de Mons. Bernardino Piñera, que con  97 años dio a este libro la colaboración de sus testimonios. Después de cuatro años de destacada labor, en 1966 llegó a Miami, soñando con un regreso rápido a Cuba,  fue destinado a la iglesia de San Juan Bosco, y comenzó gestiones para traer a su familia a  Estados Unidos.

  Siempre disponible, también trabajó en la Catedral, ayudaba en la Iglesia de St. Kieran y visitaba a los enfermos en el Hospital Mercy, donde fue designado capellán. Vivía humildemente en un cuartico de la Asunción. Y cuando el Arzobispo Coleman Carroll, impresionado por la devoción de los cubanos a la Virgen de la Caridad, decidió levantarle un Santuario, convocó al exilio, se formó un Comité Pro Santuario, y pronto pensó que el P. Román debía llevar adelante esa tarea, que le encomendó en 1967. El Arzobispo donó el terreno, erigió una capillita y trasladó a ella la imagen de la Virgen que estaba en San Juan Bosco, la misma que llegó de Cuba el 8 de septiembre de 1961. Por allí pasaba a diario una multitud de cubanos que aumenta más y más hasta hoy, para orar a la Virgen y tributarle su cariñosa devoción. en 1967 el Arzobispo Coleman Carroll pensó que el P. Román era el candidato idóneo y lo puso al frente de la nueva obra, la Ermita, donde impera Nuestra Señora la Virgen de la Caridad del Cobre, Reina, Madre y Patrona de todos los cubanos, Primer Símbolo de la Patria y Emblema de la Nación, que llegó el 8 de septiembre de 1961 para consolar y amparar a los cubanos, ese Pueblo de Dios que peregrina en un exilio impuesto por terribles circunstancias. Nadie podía imaginar en ese momento que la pequeña Ermita que el amor de los cubanos a la Virgen de la Caridad levantó a la orilla del mar, se iba a convertir en Santuario Nacional de la Patrona de Cuba en los Estados Unidos.

  Centavo a centavo, como pedía el P. Román, se levantó la Ermita, el símbolo religioso más visitado del sur de la Florida por cubanos y feligreses de todo el mundo. Román pasó a dedicarse íntegramente a la Ermita en 1973. En 2003 fue declarado Rector Emérito. A él se debe el incremento y difusión de la veneración a la Virgen de la Caridad como símbolo de cubanía e identidad cultural del exilio, y el fervor que depertó en creyentes de otras nacionalidades en Estados Unidos.

  Monseñor desplegaba un trabajo inmenso por su organización y perseverancia, y alcanzó la dimensión plena del ministerio sacerdotal por amor a los demás, y porque quiso ser como Jesús. Los cubanos, y muchos que no lo son, pueden dar fe de que dio el ejemplo de vivir intensamente la imitación de Cristo. Hablaba de forma sencilla, en lenguaje accesible y comprensible a todos, fue un maestro experto en trasmitir e inculcar la fe. Sereno, prudente y amable, estaba al tanto de todo y todo lo recordaba. Si alguien pedía un consejo para resolver un asunto de interés humano, lo guardaba en su memoria y a veces sorprendía a su interlocutor preguntando mucho después cómo marchaban las cosas. Era pobre y humilde,  inspiraba tanto respeto que cuando entraba, la gente se ponía de pie. Misionero incansable, no perdía un segundo para evangelizar, siempre fiel a su lema episcopal. Evangelizaba por radio, por televisión, por escrito. Y cuando tenía la oportunidad se iba a cualquier parque en Hialeah, iniciaba el rezo del rosario y reunía una multitud. Fundó periódicos y revistas. Atendía siempre el teléfono, estaba siempre disponible, tenía tiempo para todo y para todos. Multiplicaba su tiempo y era amable, cortés, pausado. Dos operaciones a corazón abierto en 1992 y 2002 no impidieron que continuara trabajando de forma que nadie pudo seguirlo.

 En 1979 se convirtió en el primer cubano nombrado obispo por Juan Pablo II en Estados Unidos, después de  275 años. Entre sus grandes hechos es recordado como mediador en las revueltas de presos cubanos en las cárceles de Atlanta, y Oakdale, en 1986. Los amotinados -emigrados del éxodo del Mariel- se negaban a ser deportados a Cuba y sólo aceptaron la presencia de Román, que intercedió con éxito ante las autoridades federales. Tras su papel en solucionar la crisis, la prensa lo calificó de héroe. Pero Román respondió con serena humildad: “Un sacerdote, un obispo, es un servidor, no un héroe”. Monseñor Agustín Román fue nombrado en el Comité de Obispos de Estados Unidos para los Asuntos Hispanos, miembro del Comité de Inmigración y Turismo, director del Movimiento Carismático (1977-1979) y vicario episcopal para los hispanohablantes en la Arquidiócesis de Miami (1976-1984).

  En el 2003, a los 75 años, presentó su renuncia reglamentaria como Obispo Auxiliar, y fue declarado Obispo Auxiliar Emérito de la Arquidiócesis de Miami. Pero no dejó de ejercer como pastor y guía espiritual, sin abandonar su querida Ermita, institución que simboliza su legado: “Si me dejaran volver a vivir y decidir la vida que quisiera, volvería a escoger lo que he vivido”, expresó antes de morir. Había dedicado su vida a la Virgen. No es extraño que un Obispo que enseñaba a amar evangelizando, y que a esto consagró la vida, venerara tanto a la Virgen Patrona de Cuba. A la Virgen se rinde  culto de hiperdulía, veneración especial que se rinde solo a Ella, y que es mayor que la que se debe a los santos, pero menor a la adoración que sólo se debe a Dios. Por eso su obra mayor es esta Ermita donde reina la Virgen de la Caridad.

  Estaba siempre dispuesto a atender y solucionar los problemas de la comunidad, fueran asuntos migratorios o la atención de los desamparados. Promovió las relaciones ecuménicas y el Grupo de Trabajo de Guías Espirituales en el Exilio, y la vida le alcanzó para ver en el año 2012 la visita de Benedicto XVI a Cuba en ocasión de los 400 años de la aparición de la Virgen de la Caridad, y escuchar la proclamación como venerable del Padre Félix Varela, tres días antes de su muerte. Habíamos quedado en que lo llamara ese día, a las 9 de la noche para una reunión donde iba a precisar detalles de un archivo que quería formar con documentos de la Virgen de la Caridad y el P. Félix Varela.

  Monseñor Román está aquí, sigue aquí. En la Ermita y en sus alrededores permanece su presencia. En la capilla del Santísimo, ante el altar y la imagen de la Virgen, en el confesionario, en los pasillos, en la residencia, a la orilla del mar, en el Salón Félix Varela. Al mismo tiempo se siente su ausencia. En el lugar que él construyó, a partir de su ausencia, se percibe cierta soledad y muchas personas tienen nostalgia. Recuerdan a Monseñor y añoran sus palabras sencillas, su forma de hablar en parábolas, el sonido poderoso de su voz. Monseñor Román fue ejemplo perfecto del hombre de Iglesia que vivió intensamente las palabras de Jesús: Un mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros, que como yo os he amado, así también os améis unos a otros (Juan 13:34), y con el afán de que esta noticia llegara a todas partes y a todas las gentes, dedicó su vida a los demás y lo expresó con su lema episcopal: ¡Ay de mí si no Evangelizo!, lema que presidió su existencia y al que dedicó la vida. Monseñor evangelizaba con todo su ser, con todo su tiempo, en toda oportunidad. Lo hacía desde el púlpito y por radio, por escrito, por televisión, en la prensa, en la calle, en su casa. Evangelizaba cuando bromeaba, cuando daba un consejo. Se multiplicaba para acompañar a todos sus hermanos, por estar al lado y nunca por encima de ellos, por caminar a su lado. El mandato de Jesús lo urgía. Vivía pendiente de los demás. Nunca dejaba de contestar personalmente el teléfono, ni de visitar un enfermo, nunca rehuyó atender a alguien. Y todo lo hacía siendo un anciano muy desgastado y enfermo, que tenía los días contados y por eso reservó todo su tiempo para los demás.

  La vida de Monseñor se divide en dos partes: Una visible y accesible que está presente en la Ermita, en el Salón Félix Varela, en sus escritos, homilias, iniciativas y fundaciones. La otra es su recuerdo, que lo mantiene vivo en la mente, el corazón y los sentimientos de decenas de miles de personas que siempre lo consideraron como lo que fue en verdad: el Padre Espiritual de los cubanos, que siempre encontraron en él el amigo y el consejo, la orientación y la esperanza, la sabiduría y el ejemplo, y el Padre que evangelizaba con el modelo mismo de su vida.

  Se afirma que Evangelizar es acompañar a otro para convertirlo en evangelizador, y este fue el objetivo de su vida. Como evangelizador, Monseñor fue único e irrepetible. Pero si todos siguiéramos ese objetivo, cada uno según sus facultades, el mundo podría cambiar mucho en poco tiempo.

  Monseñor vivía para Dios, para la Virgen y para nosotros, porque nos consagró su existencia para mostrarnos el camino del Reino. Su muerte nos dejó huérfanos, y nos legó la inmensa lección de su existencia. Para mí, que tuve la dicha de conversar con él dos o tres veces por semana durante seis años, mientras redactaba la Historia de Nuestra Señora la Virgen de la Caridad del Cobre al tiempo que me enriquecía con el tesoro de sus orientaciones, sus enseñanzas y su ejemplo, hablar o escribir de Monseñor es como hacerlo de mi padre. Mi esposa y yo sentíamos hacia él un cariño y respeto extraordinarios, y cuando murió nos quedamos huérfanos; así lo sentimos, y creo que es un sentimiento de todos los cubanos en el exilio, e incluso los de la isla, que lo conocieron por la radio y fueron beneficiarios de su obra apostólica. El conocer más detalles de su vida nos hizo admirarlo y quererlo más; estamos convencidos de su santidad, y esta afirmación nuestra será ratificada por innumerables personas a la hora de indagar sobre su vida, todos los que mantienen viva su memoria para que nuestro querido Monseñor Román nos siga evangelizando por siempre.



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