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UN CUBANO LLAMADO "FRANCISCO"
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Al ingeniero Francisco la
vida no le concedió años para cosechar su siembra de buenas obras y heroísmos,
y fue quizás, para que siempre se le recordara joven.
Ciudadano ejemplar, era un demócrata convencido que creía y confiaba en las instituciones republicanas, y en su régimen de derechos y deberes. Pero sus metas estaban al margen del quehacer político que él confiaba a quienes sintieran la vocación para ello. Las metas de Francisco eran espirituales y profesionales, y ya tenía adelantado un trecho en esas direcciones. Mientras tanto, y como un río, nuestra república fluía. La independencia le había permitido decidir el cauce de sus acciones, y entre tramos pedregosos y remansos indecisos, pero también curvas afortunadas, ya llevábamos medio siglo de aventura. Y sabíamos que aquella república era buena. Pero desafortunadamente hubo una rotura del cauce democrático que precipitó sus caudales en una cascada de violencia. Fue precisamente en un mes de marzo en que las leyes perdieron su prestigio. Y seguidamente, el nuevo régimen que las violó empezó a pagar favores con corrupción. Claro que estos desmanes provocaron respuestas seguidas de un contrapunteo ascendente de la violencia. Y pronto la libertad se sentiría asediada, y los derechos humanos asustados. Fue un tiempo bien difícil que llenó de inseguridad al pueblo de Cuba y le ratificó a Francisco y sus contemporáneos lo importante que eran los derechos y la libertad, y los sacrificios que había que estar dispuesto a hacer para disfrutarlos. Su agenda espiritual era cristiana, y para desarrollarla escogió su militancia en la Agrupación Católica Universitaria de La Habana. Allí era notoria su piedad, su constante disposición a ayudar en cualquier proyecto de desarrollo social e intención cristiana, así como ayudar a otros miembros en cualquier trabajo por humilde que fuera, y cooperar en la recepción e inserción de los nuevos jóvenes que llegaban a la institución por medio del deporte y el apostolado. Y si hubiera que señalar un apostolado favorito, habría que destacar su perseverante activismo para la creación de nuevas cooperativas de ahorro y crédito en comunidades de bajos ingresos con el fin de que ayudaran económicamente a sus miembros. Y como testimonio de su entrega a ese fin, llegó a depositar todos sus ahorros personales en alguna de ellas con el fin de infundir confianza en los asociados pobres. Su amor por la Cuba física le llevó a la profesión de Ingeniero Agrónomo en la Universidad de La Habana con postgrado en una universidad de Louisiana, con la que seguramente soñaba podría fecundarle la tierra para obtener cosechas abundantes, para multiplicarle los ganados a la isla y desarrollar su floresta tropical. El amanecer de 1959 pareció ser una aurora en todo sentido. Marcó el final de una lucha encarnizada y sangrienta que estremeció a toda la sociedad cubana. De nuevo fue posible sonreír porque se creía habíamos llegado al tiempo de una paz larga y llena de esperanzas. Parecía haberse llegado a la república perfecta, y lo mejor de la juventud cubana se aprestó a dar su mejor aporte para aquel renacer de la república. El ingeniero Francisco entonces fue llamado a servir como profesional en el Ministerio de Agricultura, y se dispuso a hacerlo con el mismo entusiasmo que reinaba en todo el país. Además su nueva posición desde una institución de gobierno le permitiría dirigir acciones de la promoción social que se requería en nuestros campos. Este fue el caso de su cooperación con los Comandos Rurales que bajo el mando de Manuel Artime se desarrolló con el campesinado en la zona de Manzanillo, en la provincia de Oriente. Ya es historia, pero viva en nuestra memoria, que en esos primeros tiempos el nuevo régimen cometió crímenes, que por el recuerdo del miedo reciente y la pasión del momento, se aceptaron con omisión irresponsable. Y es que en aquel proceso también se movían pescadores de río revuelto. Gentes que bajo un discurso de redención social sólo querían apoderarse del Estado Cubano para implantar sus designios personales y totalitarios. Y por la abstención de muchos sobrevino lo que los truhanes frecuentemente logran conseguir. Poco a poco se fue asomando la mentira como una burla a nuestra ingenuidad. Primero con cantos de sirenas, luego con gotas de veneno, pronto desorientando la verdad y siempre con dosis progresivas de miedo. Hasta que terminó por descorrerse todo el telón y quedó al desnudo la escena de una gran traición. Así llegó un día muy triste en que ya no cabía duda de que habíamos caído en las manos de un desastre mayor que el anterior. A veces la traición, que siempre es odiosa, es una decisión egoísta y desleal que un dirigente se toma en el desarrollo de un proceso público. Pero la traición castrista fue mucho más perversa por cuanto fue planeada previamente y ejecutada con cálculo y alevosía. Y esta “noche negra” del pueblo de Cuba fue el punto de partida para la increíble gesta del joven Rogelio González Corzo, que debe registrarse para la historia como “Francisco”. Como todos saben hoy hemos venido aquí a rendirle tributo a un general para el que no alcanzan las estrellas. A un patriota que todavía tiene su biografía dispersa en la memoria y el respeto de muchos que lucharon a sus órdenes, pero diáfana e inmarcesible en el cariño de toda su tropa. No se trata de adornar su memoria con bonitas palabras, sino de reconocer que su memoria nos llena de honor, embellece la historia de nuestro pueblo y nos revive el brío libertario. Pero mientras demasiados sólo observaban angustiados la destrucción sistemática y perversa de las instituciones en que creían y el desprestigio planificado de los valores que daban sentido a su propia vida, Francisco no vaciló en detener su rutina y decidir su entrega a una tarea mayor: la de combatir a aquel régimen que traicionaba las libertades y el futuro del pueblo cubano. No importó que para ello tuviera que renunciar a sus intereses personales y cambiarlos por una gesta sobrehumana, y asumir plenamente esa tarea hasta las posibles consecuencias heroicas que podrían terminar en su martirio. El suyo, no fue trabajo de militar en un ejército institucionalizado, reconocido y apoyado por la totalidad de un Estado, con base económica reconocida en el presupuesto nacional, y conscripción forzosa para servir en las fuerzas armadas. No. A Francisco le tocó llegar a ser general sin uniforme, sin plaza militar ni cuartel, y que tuvo la difícil tarea de congregar a ciudadanos de un pueblo en desconcierto, alistar tras de sí a un ejército de voluntades dispersas pero decididas, que creían en la democracia y querían luchar por ella: obreros, campesinos, universitarios, profesionales, empresarios, militares e intelectuales, motivándolos para una lucha desigual, organizándolos con estructura clandestina y manteniéndolos con espíritu de cuerpo. Lo hizo por su don de gentes, su inteligencia, su cordialidad, su habilidad política, su lealtad, y por una impresionante dedicación que contagiaba e inspiraba a todos a apoyarse en su reciedumbre viril. No buscó la jefatura pero le cayó en los hombros por su capacidad y porque era el que menos hurtaba su cuerpo al sacrificio y al riesgo. Francisco pensaba en grande y con proyectos atrevidos, como el añadir nuevas guerrillas a las muchas ya creadas y en todas las provincias; contemplaba coordinar una acción militar conjunta sobre todos los centros de poder en la capital del país; planeaba la organización de un ejército clandestino en el Occidente de la isla para actuar en el momento oportuno con la toma de una base militar en Pinar del Río y el ulterior avance sobre la capital. Como reacción a las evidentes manipulaciones que la inteligencia norteamericana quería ejercer sobre las acciones en la isla a través del control de las comunicaciones, Francisco dispuso la creación de un sistema de comunicaciones independiente por radiotelegrafía con centro operativo en La Habana que cubría todo el territorio nacional y que ya se había empezado a implantar cuando el arribo de la operación de Bahía de Cochinos. E incansablemente trabajaba para lograr los medios que se necesitaban, y demostrando con hechos que sus intenciones no eran hacer presencia en la jugada política, ni pretendía que sus acciones fueran una carrera hacia el poder, y lo convalidaba su frecuente afirmación de que sabía que no sobrepasaría la lucha, pero que detrás vendrían quienes la culminarían en una nueva república. Por encontrarle imagen de poeta yo diría que fue como una de esas aves señeras que sabe levantar una bandada del paisaje al vuelo escalonado de los cielos, y le imparte su fe para viajar los espacios en formación de victoria. Todo esto mientras mucha burguesía y clase media alta, que era el apoyo natural para la lucha, iba abandonando masivamente el territorio nacional y menguando las posibilidades logísticas. Unos por razones legítimas, otros por miedos insuperables, otros porque no se sentían con fuerzas para hacerlo, otros porque no estarían dispuestos al sacrificio, y otros por preferir delegar la defensa de sus derechos y confiar su destino y su futuro a los intereses de una potencia extranjera. Se dice rápido pero la tarea que asumió Francisco no era nada fácil, y sobre todo porque Francisco siempre estaba comprometido a lo mejor. No era fácil porque no sólo involucraba el evadir los mil ojos de la represión desbocada, sino también descifrar el alistamiento honesto del doblez interesado, conjurar todas las disensiones que son consustanciales a las pasiones de los hombres y recomponer el tejido roto por las ambiciones irresponsables que nunca faltan. Pero para esa guerra había una necesidad imperiosa de medios y de armas que no se podían conseguir en la isla. El mundo se mantenía aturdido por el fenómeno político nuevo y sólo atinaba a contemplar los hechos como espectador. Pero la gran potencia del Norte sí descifraba los designios finales de aquel proceso que atentaba contra sus intereses estratégicos, y además disponía de todos los medios. Era sensato y natural el que se estableciera una cooperación entre las dos partes afectadas, y que esta cooperación estuviera presidida por el respeto entre ambas partes. A Francisco como Coordinador Nacional del M.R.R. y Coordinador Militar del Frente Revolucionario Democrático (F.R.D.) le tocó realizar muchas navegaciones riesgosas a través del estrecho de la Florida en los afanes de la Brigada 2506 y de la búsqueda de ayuda para los frentes internos. Pero Francisco también fue testigo excepcional del doblez con que actuaban los oficiales jefes de la inteligencia norteamericana, de sus permanentes intentos por dividir, controlar y manipular el curso de la lucha, y de su evidente intención de desconocer al clandestinaje operante dentro de la isla. Pero como la lucha era justa y necesaria, Francisco no vaciló en convertirse en el motor y eje de esa lucha, aunque fuese desigual y sin aliados fiables. Francisco no fundó la lucha, pero sí fue de sus iniciadores, y trabajaba de una forma tan decidida, que pronto fue vistiendo responsabilidades cada vez mayores, y casi sin darse cuenta llegó a presidir esa lucha. Como lo realizó Martí en el 95, a Francisco también le tocó la difícil tarea de agrupar lo disperso. Y es por esa trayectoria y por el sacrificio de su vida, que Francisco representa de modo especial a toda una generación de cubanos que merece el nombre de “la generación de Francisco”, porque vislumbrando la tiranía que se gestaba, y escuchando el llamado de clarín de nuestra historia, se dispuso a dar la carga al machete de su tiempo. Para soportar todas esas presiones Francisco hablaba con Dios. Más bien tenía trato íntimo con Él. No con un Dios de identidad abstracta, sino con el crucificado que enseñó el significado del amor y murió para redimir a todo el género humano. Nadie sabe lo que hablaban, pero sí puede deducirse de las acciones y del sacrificio que hoy merecen nuestro recuerdo. De Francisco no se puede hablar sólo en tono histórico, porque él también era profundamente humano como todos. Cubano irredimible y redomado fiestero que no escatimaba la alegría ni las bromas. Despidió su familia al extranjero para evitar se convirtieran en rehenes, y también para quedar sin amarras que le impidieran darse por entero a la causa que sentía. Y como Ignacio Agramonte, él también sacrificó amores. El de una novia bonita y fina con la que quería estar y fundir su vida, y a la que sólo podía testimoniarle el amor en breves sorpresas telefónicas, y algún encuentro fugaz. Desgraciadamente para los cubanos, como destacó Arciniegas, el destino tiene un estilo especial para las luchas libertarias cubanas, y es la desaparición física prematura de sus mejores héroes, como es el caso de nuestro querido Francisco. Pero, aún en las bartolinas de La Cabaña, Francisco encontró batallas que había que ganar y donde también quedó expresado su liderazgo. Fue allí donde le quedaban pocas horas de vida y esperaba junto a sus compañeros de causa el difícil momento para el sacrificio de sus vidas. No se trataba esta vez de asuntos de este mundo al que esforzadamente había querido mejorar, sino en cumplimiento de su fe y de sus obligaciones como cristiano. Francisco no vaciló entonces en derramar su inmenso caudal de fe y toda su riqueza espiritual sobre aquellos hermanos suyos que necesitaban ser confortados y preparados para el difícil tránsito que se les avecinaba. Así se supo por el testimonio de un sacerdote que pudo visitarlos, y según dijo, ya no hizo falta que él dijera nada porque Francisco se había ocupado de todo. Pero la oportunidad de esta tarde no alcanza para expresar todo el tamaño de Rogelio González Corzo. Esta es la biografía mínima de un cubano llamado Francisco, un cubano de ley que demostró ser de la estirpe de los libertadores que fundaron nuestra república, y cuya destacada presencia en la historia de nuestro país afianza la nacionalidad cubana. |