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LA GRANDEZA DEL ESTADO LAICAL |
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Quiero reflexionar con Uds., sacerdotes, religiosas, laicos comprometidos y fieles todos, la grandeza del estado laical. Cómo quiere la Iglesia que consideremos y tratemos al laico. Lo que tuvo lugar durante la Última Cena ha hecho que el Sacerdocio de Cristo sea un Sacramento de la Iglesia, Este ha venido a ser signo de su identidad hasta el fin de los tiempos y fuente de aquella vida en el Espíritu, que la Iglesia recibe incesantemente del Señor. De esta vida participan todos aquellos que en Cristo, constituyen la Iglesia. Todos participan del Sacerdocio de Cristo, y tal participación significa que, mediante el bautismo (de agua y de espíritu) Jn. 3-5 han sido consagrados para ofrecer los sacrificios espirituales en unión con el Único Sacrificio de la Redención en el que se ha ofrecido Cristo mismo. Todos como pueblo mesiánico de la Nueva Alianza, participamos en Cristo de “sacerdocio real” (1ra. de Pedro, 2-9). En la Constitución dogmática Lumen Gentium el Concilio Vaticano II ha recordado la diferencia que hay entre el sacerdocio común de todos los bautizados y el sacerdocio que se recibe con el Sacramento del Orden. El Concilio llama a este último “Sacerdocio Ministerial”, lo cual designa a la vez oficio y servicio, y es también jerárquico, en el sentido de servicio sagrado. En efecto, jerárquico significa gobierno sagrado que en la Iglesia es servicio. Recordemos el conocido texto conciliar: “El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no solo en grado, se ordenan, sin embargo el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo. Ahora bien, precisamente este único sacerdocio de Cristo es participado por todos en la Iglesia mediante el Sacramento del bautismo. Si bien las palabras “Sacerdote tomado de entre los hombres” se refiere a cada uno de nosotros que participamos del sacerdocio ministerial, indican ante todo la pertenencia al pueblo mesiánico, al sacerdocio real; e indican también “nuestro enraizamiento en el sacerdocio común de los fieles”, que es el origen de la llamada de cada uno de nosotros al ministerio sacerdotal. Los fieles laicos son aquellos de entre los cuales cada uno de nosotros ha sido elegido; aquellos de entre los cuales ha surgido nuestro sacerdocio. En primer lugar están nuestros padres y demás familiares, así como tantas personas del ambiente social de origen, ambiente humano y cristiano y a veces descristianizado, como sucede en nuestros días. En efecto, la vocación sacerdotal no siempre nace en una atmósfera propicia; en ocasiones la gracia de la vocación pasa a través de un contraste con el ambiente, incluso a través de la resistencia, encontrada en los mismos familiares. El pueblo de Dios se alegra por las vocaciones sacerdotales de sus hijos. Pero he aquí que a veces no son suficientes las vocaciones sacerdotales y es allí, como en nuestra Diócesis, en nuestra Cuba en general, donde la Iglesia ha de hacerse particularmente solícita, como decía el Papa Juan Pablo II. De hecho se hace muy solícita, y en esta solicitud han de participar igualmente los laicos cristianos. A éste respecto el Sínodo de los Obispos de 1987 ha hecho oir su voz con palabras elocuentes, no solamente por parte de los obispos y sacerdotes, sino también por parte de varios laicos. Cada uno de nosotros, que mediante la ordenación sacramental participa del sacerdocio de Cristo, debe tener siempre presente este signo de la misión redentora de Cristo. Pues nosotros, cada uno de nosotros, también hemos sido constituidos “a favor de los hombres, en lo que se refiere a Dios”. El Concilio Vaticano II afirma justamente que “los laicos tienen el derecho de recibir con abundancia de los Sagrados Pastores los auxilios de los bienes espirituales de la Iglesia” en particular la Palabra de Dios y los Sacramentos (Lumen Gentium 37). En esta dimensión debe realizarse la plena autenticidad de nuestra vocación, de nuestro lugar en la Iglesia. De ningún modo se trata de la “laicización del clero”, como no se trata tampoco de la “clericalización de los laicos”. La Iglesia se desarrolla orgánicamente según el principio de la multiplicidad y diversidad de los dones, o sea de los carismas (Christifideles laicis 21.23). Los Presbíteros, enseña el Concilio Vat. II, por su propio ministerio están obligados a “no configurarse con este siglo”; pero al mismo tiempo están obligados a vivir entre los hombres (Presbit Ord. 31). En la vocación sacerdotal de un pastor debe haber un lugar especial para los laicos y para su laicidad que es también un gran bien de la Iglesia. El Concilio Vat. II y los últimos documentos magisteriales de la Iglesia han demostrado con gran claridad que la “laicidad fundamentada en los sacramentos del bautismo y de la confirmación, la laicidad como dimensión de la participación común del sacerdocio de Cristo, constituye lo esencial de la vocación de todos los fieles laicos. Y los sacerdotes no podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y dispensadores de una vida distinta de la terrena y al mismo tiempo tampoco podrían servir a los hombres si permanecieran ajenos a la vida y condiciones de los mismos. Desarrollando dentro de sí esta actitud hacia todos los fieles laicos y su laicidad, marcados también estos por el don de la vocación recibida de Cristo, el sacerdote puede realizar la “labor social que está unida a su vocación de pastor”. Es decir, puede reunir a las comunidades cristianas a las que es enviado. El Concilio pone de relieve en diversos lugares esta labor. Los sacerdotes, ejerciendo... el oficio de Cristo... reúnen la familia de Dios, como una fraternidad, animada con espíritu de unidad, y la conducen a Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu (Lumen Gentium 28). Este reunir es servicio. Cada uno de nosotros debe ser consciente de reunir a la Comunidad, no alrededor de sí mismo, sino de Cristo, y no para sí mismo, sino para Cristo, para que El mismo pueda actuar en esta Comunidad y a la vez en cada uno, con el poder del Espíritu Paráclito y según el don recibido por cada uno de este Espíritu, para el provecho común. Este reunir se entiende, no como algo circunstancial, sino como una constante y coherente edificación de la comunidad. Encomendemos, según estas enseñanzas nos indican, igualmente con confianza a los laicos, funciones en servicio de la Iglesia, dejándoles libertad y campo de acción. Ustedes, queridos sacerdotes, conocen perfectamente cuánto contribuyen los laicos al bien de la Iglesia entera. Saben los pastores que no han sido instituidos por Cristo para asumir por sí solos toda la misión salvífica de la Iglesia en el mundo (Lumen Gentium 11 30). Promoviendo la dignidad y responsabilidad de los laicos “recurran gustosamente a su prudente consejo”. Todos los pastores –obispos y sacerdotes- exponen al mundo el rostro de la Iglesia, que es el que sirve a los hombres para juzgar la verdadera eficacia del mensaje cristiano (Gaudiun et Spes 43) De esta manera se “robustece en los laicos el sentido de la propia responsabilidad, se fomenta su entusiasmo y se asocian más fácilmente las fuerzas de los laicos al trabajo de los Pastores (Lumen Gentium 37) Los tiempos que se avecinan para nuestra Iglesia, la responsabilidad de enfrentarlos y no evadirlos nos deben preparar para, confiando en nuestros laicos, vinculados por su vocación a este mundo de manera distinta a la nuestra, buscar la transformación del mundo, en este caso la suerte de nuestra Patria, con el Espíritu del Evangelio. |
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Con motivo de la celebración del 153 aniversario de la muerte del Presbítero Félix Varela fue develada esta escultura en la Santa Iglesia Catedral de Pinar del Río, el 12 de marzo de 2006. Autor: José Manuel Pérez Vélez. |
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