ERRORES DE 

LOS QUE ESPERAN

Rev.  Martín  N.  Añorga


Ante todo quiero exponer que simpatizo con la idea de que se les ofrezcan opciones tangibles para permanecer en el país a los más de diez millones de indocumentados que han echado sus raíces en la nación, los que trabajan y están exentos de acusaciones por delitos y/o crímenes cometidos, y que reúnan las condiciones requeridas legalmente. Creo, además, que es provechoso el que se les dé visas de trabajadores visitantes a los que realicen labores temporales.

Estimamos, además, que son inoportunas e injustas las redadas policiales que se han llevado a cabo en diferentes lugares del país. Sacar por la fuerza a hombres y a mujeres de sus centros laborales y apiñarlos en camiones para imponerles una deportación sumarísima es una acción impropia del tradicional espíritu de América. Creemos que mientras en el Congreso se esté deliberando sobre las reformas inmigratorias debe concederse una tregua a los inmigrantes trabajadores, pacíficos y cumplidores de la ley.

En fin, que simpatizamos con la causa de los inmigrantes que vienen a estas tierras de promisión para rehacer sus vidas y las de sus seres amados. Estamos en contra, naturalmente, de los revoltosos y anárquicos que cruzan ilegalmente las fronteras para emprender una carrera delictiva y atentar contra el orden establecido en el sitio al que lleguen.

Entendemos que en tiempos en que se debate en el Congreso de los Estados Unidos el tema inmigratorio, haya intranquilidad de parte de los que temen que las leyes finalmente acordadas les sean perjudiciales, de aquí que veamos positivamente las marchas que en muchos lugares de la nación se han llevado a cabo con el objetivo de hacer patente la importancia de la fuerza laboral de los inmigrantes. Estas marchas, algunas de ellas multitudinarias, en términos generales se han conducido ordenadamente, sin incidentes serios que lamentar. Ahora bien, hay ciertos detalles que desde nuestro punto de vista son criticables y contraproducentes.

Primero, es de sentido común pensar que detrás de esas extraordinarias marchas hay organizadores con recursos suficientes para convocarlas. Muchos de los organizadores de estas marchas se deben a una ideología opuesta a la que sustenta el país. Desfilar con camisetas en las que aparece la figura del Che Guevara, exhibir pancartas con mensajes incendiarios, usar la bandera norteamericana con falta de respeto y cantar parodias del himno norteamericano en un idioma en el que no fue creado, son actitudes impropias de quienes vienen a un país ajeno a labrarse la esperanza de un futuro mejor.

Los inmigrantes no pueden venir a los Estados Unidos para crear confrontaciones, sino para sumarse pacíficamente a una sociedad que está dispuesta a acogerles. Esos discursos que hemos oído en los que se afirma que los mexicanos vienen a “reconquistar los territorios robados por los gringos” son anacrónicos y cargados de malas intenciones. No tiene sentido que se reclamen privilegios esgrimiendo amenazas. Retirar de un edificio público la bandera de las barras y las estrellas para izar en su lugar la bandera mexicana es un acto delictivo que conlleva la antipatía de aquellos que están llamados a ser instrumentos de ayuda y solidaridad.

Muchos se preguntan cuáles han sido los resultados de las marchas, y en especial las demostraciones dadas el pasado lunes primero de mayo. Si lo que se quiso fue dar una impresión de unidad, quizás se logró, si lo que se esperaba era despertar la voluntad dormida de los trabajadores que calladamente se someten a tratos que a veces son injustos, pues creo que se consiguió. En efecto, América vio el poder político que caería en manos de millones de personas extranjeras si llegaran a obtener la ciudadanía norteamericana. Esa fuerza es para asustar. Los estadounidenses no quieren que se les insulte el idioma ni que se les alteren sus tradiciones, no quieren que se les deformen sus leyes ni que se les intercepte el estilo normal de sus vidas, y si eso es lo que asocian con las marchas que se han llevado a, cabo, el resultado de las mismas habría que evaluarlo como negativo.

En el Congreso de los Estados Unidos no existe unanimidad en cuanto al tema inmigratorio. Están los que quieren la deportación de todos y están los que abogan por leyes que les hagan imposible la vida a los extranjeros indocumentados para obligarlos a que se regresen a sus lugares de origen; pero están también los que creen en soluciones constructivas y armónicas que beneficien a ambas partes, al país y a los que han llegado al país por medios nada convencionales. Proba-blemente, como sucede siempre, del Congreso no saldrán leyes tan malas como algunos temen, ni tan buenas como algunos esperan.

La situación inmigratoria en los Estados Unidos ha llegado a extremos imprevisibles. Hemos leído editoriales inflamatorios en los que se habla de una probable guerra civil provocada por los inmigrantes si acaso se les quiera expulsar del país, en tanto que se ha generado entre los americanos una actitud de xenofobia que contribuye al resurgimiento de olvidadas tensiones raciales.

Hay líderes políticos, especialmente los que tienen que exponer sus posiciones al veredicto de los votos, que procuran simplifican la ecuación: que se queden los que están; pero que no se deje entrar a nadie más, como si los serios problemas humanos que afrontamos se resolvieran así, de un plumazo.

Los momentos que vivimos en los Estados Unidos no son fáciles, de tal manera que creemos que cualquier solución que se ofrezca al dilema inmigratorio será divisiva; pero ese riesgo hay que correrlo. No podemos seguir viviendo en la incertidumbre y en la confusión. Nuestros legisladores tienen que apresurarse para llegar a un consenso para que todos sepamos a qué atenernos. Y los inmigrantes tienen que reconocer que estando en este país tienen que acatar las leyes de este país.

Probablemente estemos coqueteando con una utopía; pero lo cierto es que hay que buscar una solución. Una nación sin respuestas es una nación débil. Y si de algo estamos seguros, es  que esta es una nación decididamente fuerte.