¿CREDIBILIDAD O ABSURDA CREDULIDAD?

Un concepto muy manejado en el tema candente de las demandas contra la Iglesia por presuntos abusos, víctimas, abusados, excusas públicas, reducción de sacerdotes al estado laical, arreglos -settlements-  por los que se premia indistintamente a víctimas reales de abusos y otras veces a delincuentes expertos en mentir, robar y asaltar, es el concepto de credibilidad.

Por P. Alvaro Guichard


Estos delincuentes inventan historias que nunca ocurrieron y que sin embargo son recibidas con beneplácito, credulidad y temor mientras corre el dinero que puede resolverlo todo, menos la inocencia y el honor mancillado de los sacerdotes vendidos en este loco mercado de las acusaciones.

Estos arreglos son la consecuencia de la tan mentada credibilidad.

Se dice que las acusaciones son creíbles y entonces se da dinero. El otorgar dinero es el espaldarazo de la credibilidad. Y por supuesto el clérigo que colecciona acusaciones “creíbles” contra él, puede ya considerarse un muerto en vida. Y no importa si las acusaciones son falsas, basta con haber sido “premiadas” en este concurso absurdo.

Desde luego que hay que vivir para ver tantas atrocidades. El malvado premiado y el inocente castigado.

Pero no es nada nuevo en la historia. Pero, que en nuestro siglo XXI, en un país que se dice civilizado, en nuestra Iglesia, defensora a ultranza de los desvalidos, los niños, los que no han nacido aun y corren el riesgo de morir por un aborto, los ancianos, los arrojados a la calle, se cometa la atrocidad de premiar al acusador mentiroso y condenar al acusado inocente es algo realmente indignante.

Sin embargo, está ocurriendo. A diario conocemos y se publican más acusaciones contra obispos, sacerdotes, religiosas, religiosos, y a todas ellas se le aplica el sello de garantía: “creíbles”. A no ser que por conveniencia del rango del acusado o por la existencia de una agenda secreta se opte por no aplicar el epíteto de creíble.

Algunos arguyen que la credibilidad se debe a que el hecho pudo ocurrir:  las personas estaban en el mismo lugar y al mismo tiempo. Es suficiente para que lo que diga una de ellas, acusando a otra, se considere creíble. No importa que no existan pruebas, evidencias, testigos, ni que haya corrido el río del tiempo: 20, 30, 40 años... La acusación falsa avanza con los sones del escándalo en la prensa y el pavor de una Iglesia perseguida y avasallada.

¿Es esto creíble? ¿En que paraje perdido de la memoria quedaron los fundamentos de la lógica? Nos encontramos ante una aceptación tan ilógica que resulta absurda. Estamos enfrentados a la absurda credibilidad.

Eso de que son creíbles las acusaciones por la coincidencia de personas, tiempo y lugar, no es precisamente creíble, sino posible. Posibilidad que se espuma ante la ausencia de pruebas y el tiempo trascurrido. Ni siquiera existe la posibilidad de probar, que si existiera pasaría de posible a probable. Y aun así estaríamos bien lejos de la frontera de la certeza.

¿Y cómo se puede condenar sin la certeza de que haya cometido un crimen?

Volvamos al concepto de creíble. Algo es creíble cuando no es evidente. Porque si fuese evidente ya no necesitaría el asentimiento de la fe humana. Bastaría la propia fuerza de la evidencia.

Ya sabemos por los teólogos que hay otra dimensión de creer: la fe sobrenatural. Es una virtud, un don de Dios y descansa precisamente en el asentimiento a verdades y hechos que no son evidentes y cuya credibilidad radica en que son revelados por Dios, que no puede engañarse, ni engañarnos.

O sea, la credibilidad, tanto humana como sobrenatural, consiste en que se concede y atribuye entereza moral al que lo comunica. Esa persona es fiable, se puede creer en ella.

Pero, ¿qué ocurre cuando se le concede credibilidad a las acusaciones provenientes de personas que carecen de entereza moral y son delincuentes convictos por robo, mentiras, perjurios, asaltos a mano armada, e incluso algunos de ellos, carentes de salud mental y cuyas armas han sido siempre la mentira, la traición y la constante maldad de su proceder.

O sea, que de acuerdo con la credibilidad a las acusaciones, se concede que es fiable y merece ser creído el malvado acusador, mientras que el clérigo acusado que insiste en su inocencia se le ata de pies y manos y se le arroja al abismo.

Esto es lo que está sucediendo en América y en nuestra Iglesia. Lo sé porque lo estoy viviendo y doy testimonio de ello. Se está cometiendo un crimen moral contra sacerdotes, religiosos, que son arrojados al ostracismo, expuestos a la deshonra, el descrédito, la humillación y vendidos en este mercado cobarde, por las siempre sonantes y detestables “treinta monedas de plata”.

No se trata de credibilidad, sino de credulidad. La credulidad cree sin fundamento, acepta como cierto lo que se dice y cuando se pasa del ingenuo creer a la condenación del inocente ocurre algo sumamente grave, se comete una infamia.

Se cree en acusaciones sin fundamento, se da dinero a los mentirosos acusadores y se castiga a los inocentes acusados. Son los abogados de la Iglesia los que dirigen la operación de dar dinero sin investigar. Me he encontrado con el caso de un acusador  cuyo nombre correspondía a una persona totalmente desconocida para mí.

Pero no importa. El abogado de la Iglesia dispone de una abundante chequera para premiar delincuentes y mentirosos. ¿Existirá una secreta simpatía por ellos? No cuenta para los abogados el sufrimiento de obispos, feligreses y acusados falsamente. A unos les duele el bolsillo, pero a los acusados falsamente, les duele el corazón.

Me decía el Padre José Pablo Nickse, semanas antes de morir  -del corazón precisamente-  que éramos las víctimas de un nuevo holocausto.  Y tenía mucha razón.

Mientras tanto hay que seguir luchando para que la verdad y la justicia se impongan y que no nos ocurra el “cansancio de los buenos” que lamentaba tanto el Papa Pío XII.