| REFLEXIONES SOBRE UNA VISITA | ||
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Las preguntas, las
entrevistas, y hasta las críticas, han sido nuestro “pan cotidiano”
desde el día en que fuimos a Washington para participar de una entrevista
con funcionarios de alto nivel en la Casa Blanca relacionada con los temas
inmigratorios que afectan, no tan solo al exilio cubano, sino a los
compatriotas que desde Cuba se lanzan al mar en búsqueda de amparo y
libertad.
Fuimos a Washington como representantes del Grupo de Trabajo de Guías Espirituales en el exilio. No nos designamos a nosotros mismos, algo que jamás hubiéramos hecho porque carecemos de aspiraciones políticas y queremos ser ajenos a los escenarios y a los reflectores. La primera persona que nos pidió que consideráramos la posibilidad de ir a la Capital para defender los derechos humanos de los que hasta hoy siguen siendo víctimas de las arbitrariedades con que algunos funcionarios aplican las leyes inmigratorias, fue Ramón Saúl Sánchez. Con él conversamos reiteradamente y, en efecto, decidimos adoptar su petición, avalada por su espíritu de sacrifico para con la causa de la libertad de Cuba. Desde las oficinas de la Casa Blanca nos llegó la invitación para que participáramos de la reunión de la que todos hoy hablan. Los nombres específicos que se mencionaron fueron los de Monseñor Agustín A. Román, la figura religiosa más reconocida del exilio, el ilustre obispo episcopal Onell Soto, y el del que estas líneas escribe. Nosotros solicitamos el asesoramiento de los demás componentes de nuestro Grupo de Trabajo, y en el viaje disfrutamos de la compañía de dos, extraordinarios amigos, el Padre Fernando Herias, párroco de la Iglesia St. Brendadn, y el Rev. Guillermo Revuelta, incansable líder comunitario y adalid de la causa cubana. Antes de emprender el viaje, que fue costeado totalmente por cada uno de nosotros, participamos de varias reuniones de oración y reflexión. Una sola condición expusimos. Queríamos que se nos asegurara que no estaría presente ningún funcionario castrista. Sabemos que el acuerdo de “pies mojados, pies secos” fue trajinado entre el presidente Clinton y autoridades cubanas, y no es nuestra intención que se nos convierta en parte de las discusiones bipartidistas que ese hecho implica. Asegurados de que eso no sucedería fuimos a la Capital dispuestos a exponer nuestros puntos de vista. Los que de estas cosas saben, afirman que la reunión fue de “alto nivel”. De la misma participaron muy activamente nuestros congresistas Ileana Ros-Lehtinen, Lincoln Díaz-Balart y Mario Díaz-Balart, añadidas quizás unas veintitantas otras personas, las que representaban a la Casa Blanca, el Departamento de Estado, la Agencia Nacional de Seguridad y los Servicios de Ciudadanía e Inmigración. Podemos afirmar que se nos recibió con la cortesía formal que suelen usar los políticos en una determinada reunión. Los primeros 30 minutos fueron consumidos por nuestros legisladores, los que expusieron con clara firmeza los problemas relacionados con la aplicación del controversial acuerdo “pies secos-pies mojados”, sin llegar a solicitar que se decidiera anular el mismo. Los testimonios que compartieron fueron vibrantes, llamando la atención de sus interlocutores a sucesos reales y específicos que escapan a la divulgación noticiosa. De veras que debemos estar justificadamente agradecidos de la labor que estos tres queridos legisladores llevan a cabo, desde la Capital de la nación en favor de nuestra causa. Cuando nos correspondió el uso de la palabra, tanto Mons. Román, como el obispo Soto y este servidor, que ya habíamos suscrito un documento en el que explicábamos nuestra misión, hicimos conocer verbalmente los puntos esenciales de la misma, los que a continuación mencionamos. Lo primero que enfatizamos fue el tema de la reunificación familiar. Solicitamos que se hiciera llegar a la Sección de Intereses de los EU en La Habana nuestra preocupación por el manejo de las 20,000 visas que se ha acordado distribuir anualmente entre las personas hábiles para recibirlas. El total de las visas no se ha agotado, ni se ha exigido a las autoridades cubanas que sean consistentes con el acuerdo del que han participado, facilitando los trámites de la salida de la Isla a las personas receptoras de las visas pertinentes. Insistimos en que alargar la separación familiar alienta el éxodo riesgoso y desordenado que tantas vidas ha cobrado en las aguas del Golfo de México. Otro punto mencionado es el de la llegada de los refugiados a nuestras costas del sur de la Florida. Los que tienen familiares con recursos económicos viajan en lanchas rápidas que los depositan en tierra firme con relativa rapidez y seguridad. Solicitamos que se investigue más acuciosamente este trasiego ilegal de vidas humanas. Si unas cuantas lanchas pueden llegar inadvertidamente a nuestras costas con un cargamento humano, ¿no demuestra eso que el sistema de seguridad es vulnerable a la penetración terrorista?. Al igual que estas embarcaciones traen personas, pudieran hacer lo mismo las que traerían explosivos y hasta delincuentes del terrorismo. A tenor con lo anterior, pedimos que se les solicite a los que son responsables de las acciones del Cuerpo de Guardacostas que adopten actitudes más respetuosas y humanitarias para con los llamados balseros, a los que suele tratárseles sin apego alguno a sus derechos humanos. Hablamos de las volcaduras violentas de embarcaciones, del hermetismo que se guarda en relación con la identidad de los refugiados detenidos y del trato severo de que suelen ser objeto. Pedimos que no sigan actuando con la premura impremeditada con que lo hacen, algo que los lleva a lo que pudiéramos clasificar como “juicios sumarísimos”. No creemos que en pocas horas pueda determinarse una sentencia como las que automáticamente aplican los Guardacostas, que actúan a la vez como policías y jueces. Fuimos bien claro en expresar que no somos aliados de la injusticia ni de la violación de las leyes. No proponemos una inmigración desorbitada, ni la admisión inconsulta de todos los que lleguen a nuestras costas. Lo que proponemos es que en la aplicación de las leyes se inserte una dosis apropiada de piedad. Finalmente, después de agradecer la oportunidad que se nos concediera de expresar nuestros puntos de vista, nos pusimos al servicio de las autoridades para que se nos permitiera ejercer nuestra misión pastoral para con los que llegan, después de larga e inhóspita travesía a nuestras playas. Que se les dé pan para aplacar el hambre y agua para someter la sed, es un acto de piedad; pero mucho más que esto, les hace falta amparo y fuerza espiritual, orientación y comprensión. Para satisfacer estas necesidades hay que hablarles el idioma que entienden y hay que permitirles acceso a personas en las que pueden confiar. Justicia queremos, pero mucho más queremos que reinen el amor y la paz. En Dios confiamos en que estos altos funcionarios capitalinos que nos ofrecieron la cortesía de su atención, no archiven en oscuras gavetas nuestras solicitudes. Esperamos que cumplan con la promesa de meditar en lo que dijimos y ofrecernos, en un corto plazo, la respuesta que todos esperamos. |
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Por Rev. Martín N. Añorga |