El Evangelio de San
Mateo comienza con las siguientes palabras: “Libro de la Generación de
Jesucristo, Hijo de David, Hijo de Abraham”. Más adelante en el mismo
texto, el evangelista nos informa que Jesús era descendiente del Rey
David, el más importante rey de los judíos. Por increíble que parezca,
probablemente existen millones de cristianos en todo el mundo que
desconocen el estrechísimo e íntimo vínculo entre la Sagrada Familia y
el pueblo elegido por Dios para recibir su Revelación en la Biblia.
El nombre hebreo de Jesús era “Yoshua”, el de María “Miriam” y el de José “Yosef”. Belén, su lugar de nacimiento, se denomina “Bet Lejem” (“La Casa del Pan”) en lengua hebrea. Nazaret, donde vivió Jesús casi toda su vida, está en Galilea, parte del moderno estado judío de Israel. Si tenemos estos hechos en consideración, debemos preguntarnos: ¿Por qué ha habido una historia tan larga y sangrienta de confrontaciones entre el cristianismo y el judaísmo? ¿Por qué es que tantos cristianos llevados por una serie de prejuicios han perseguido y maltratado a un pueblo al que le deben no sólo sus Sagradas Escrituras, sino a la persona misma de su Salvador? El mismo año en que Colón descubrió América, 1492, los Reyes Católicos de España expulsaron a cientos de miles de judíos que habían vivido pacíficamente en España por más de 2.000 años antes de que España adoptara la fe cristiana. Un número considerable de judíos –hombres, mujeres y niños- fueron maltratados o perecieron a mano de la Inquisición en nombre de Jesús, el judío. Esta horrenda historia de persecuciones llegó a su culminación en la Segunda Guerra Mundial, con la despiadada persecución y muerte de seis millones de seres humanos por el régimen nazi alemán, por el solo hecho de ser judíos. Karol Wojtyla, quien más tarde fue coronado Papa Juan Pablo II, conocía toda esta sangrienta y triste historia en carne propia porque nació y creció en la pequeña ciudad de Wadowice -10.000 habitantes- cerca de Cracovia, en Polonia. El país contaba con la población judía más nutrida del mundo hasta llegar la Segunda Guerra Mundial. Su mejor amigo de infancia era un chico judío, vecino del joven Karol, con quien el futuro Papa jugaba fútbol, en las adoquinadas calles de su ciudad natal. El futuro Papa fue testigo presencial de los horrores de la Guerra, de las persecuciones y matanzas. Y su alma cristiana se sintió sobrecogida y estremecida por los horrores que vivió. La muerte del Papa Juan Pablo II fue una pérdida no sólo para la cristiandad, sino para toda la humanidad. Juan Pablo era un hombre extraordinario: actor, escritor, atleta, filósofo, político, guía espiritual extraordinario y mucho más. Todo ser humano que tuvo el privilegio de encontrarse con Juan Pablo –sea cual fuera su religión- se sabía frente a un hombre de Dios. Uno de los títulos de los Papas es “Sumo Pontífice”. “Pontífice” significa “aquel que construye puentes”. Juan Pablo edificó bellos y sólidos puentes entre los cristianos y sus antepasados espirituales, el pueblo judío. Juan Pablo fue el primer Papa, desde San Pedro –que desde luego era judío- en visitar una Sinagoga para un servicio religioso. En esta visita, Juan Pablo trató al Gran Rabino de Roma con respeto de igual a igual. Juan Pablo estableció relaciones diplomáticas entre el Vaticano y el Estado de Israel, al que visitó personalmente como peregrino. Durante esta conmovedora visita, el Papa visitó Yad Vashem, el monumento a los seis millones de mártires judíos durante la Segunda Guerra Mundial y rezó en el Muro de los Lamentos, últimos restos del Templo de Salomón, lugar sagrado para judíos y cristianos. El Papa pidió humildemente perdón por los horrores que malos cristianos han infligido a quienes Juan Pablo llamó “Nuestros Hermanos Mayores en la Fe”. También organizó un concierto en el Vaticano en memoria de los seis millones de judíos víctimas del holocausto y visitó el campo de concentración en Aushwitz, Polonia. En su plegaria, Juan Pablo declaró: “Dios de nuestros Padres, Tú escogiste a Abraham y sus descendientes para traerle el nombre de Dios a todas las naciones; estamos profundamente entristecidos por el comportamiento de aquellos que, en el curso de la historia, le han causado sufrimientos a estos, tus hijos, y por ello pedimos Tu perdón; queremos comprometernos a una hermandad genuina con el Pueblo de la Alianza, el pueblo judío”. El alcance de estas palabras, el puente que ellas tienden entre cristianos y judíos es inmenso. Este mensaje está dirigido a todos los cristianos invitándoles a darse cuenta de que se comportaron indignamente. La nueva alianza con Dios no puede ignorar la alianza divina con el pueblo judío. Nuestros “hermanos mayores” continúan siendo poseedores de un vínculo y alianza muy sagrados con el Señor. Los judíos han regresado a su patria ancestral, Israel. Nosotros hemos pecado al perseguirlos por los siglos. Estas inmensas palabras constituyen uno de los principales legados de esa gran alma que fue Karol Wojtyla, el bien amado Papa Juan Pablo II. Él condenó el antisemitismo en innumerables declaraciones y en una reunión con los obispos de la América Latina los invitó a combatir con vigor cualquier vestigio de antisemitismo. “El antisemitismo es un pecado, es anti-cristiano”. Gracias a Él, dos grandes familias espirituales se han reconciliado. Judíos y cristianos podemos caminar juntos y confiados por la senda luminosa que nos lleva a Dios, nuestro Padre común. ¡Que descanse en Gloria, Juan Pablo II!. Para la persona que
esté interesada en esta historia de Juan Pablo II y los Judíos, les
recomendamos leer
dos libros en Inglés: The Hidden Pope, de Darcy O´Brien y A Letter
to a Jewish Friend, de
Gian Franco Svidercoshi. |